21:32 | Author: Carlos Lauredo
(Inspirada en el buen Mauricio, que los humos de la vida lo lleven quien sabe donde.)

Tarde de jueves, amanecí ebrio con la sensasión de haber descubriendo que el vino es gloria e inmortalidad. Una delgada lluvia caía, estaba tirado en la calle, sin saber como había llegado ahí. El cielo nublado, casi tanto como mi corazon, me acomodan tranquilo, sin las molestias de un sol, que te levanta por su brillo.

De repente, escucho unos pasos, ya desde lejos, se oía la firmeza de estos, ya cuando llegan a mi rango de visión, me doy cuenta que es un enorme y viejo caballo, no le importaba nada, ni nadie.

Parecía haber sido un gran semental en sus tiempos, ahora, tan solo un carretero por lo demacrado que estaba. De pronto, gira la cabeza hacia mi, y me mira, todo agobiado, se vuelca ahora a otra acera, y ver pasar a las demás personas, pero parece no importale, tan solo una excusa para dejar de observar a ese muchacho.

¿A donde vas Rocinante?, cuéntame tu historia, le digo. Se acerca con cautela, todavía con paso firme. Me levanto, quitándome la mugre de encima y tomándole la cara le digo, ¿don Quijote te ha abandonado?, ¿ese viejo te ha dejado solo a tu anchas?. Rocinante parece responderme con un si. Lo acerco más a mi, dejame ser tu nuevo dueño, o bienventurado corsel, deja que este bohemio sea el último caballero que cargue tu lomo, llevame hasta donde las hadas gritan por el orgasmo que les produce la naturaleza, y donde las ninfas bailan desnudas.

Subo a su lomo, y me abrazo a su pelaje carcomido, y escapamos con la lluvia, Rocinante y yo, buscando quien nos ame en este descarado mundo de desgracias.